Hebreos 10:36.- Ustedes necesitan perseverar para que, después de haber cumplido la voluntad de Dios, reciban lo que él ha prometido.
Muchas son las personas que inician una vida cristiana con gran entusiasmo, y es así como los vemos en los primeros días queriendo tener un permanente contacto con el Señor y con todo lo que con él tiene que ver, pero a medida que va pasando el tiempo, se regresa a la rutina, cayendo nuevamente en la tibieza y en el conformismo que tanto daño le hace al creyente.
Cuando recibimos al Señor en nuestros corazones, nos convertimos en nuevas personas, (2 Corintios 5:17), portadoras de la luz que devuelve la vista y da salvación, lo cual se mantiene perfectamente sensible mientras se permanezca en contacto con el Señor, quien es el generador de esa luz y quien da mantenimiento para que se conserve fuerte y visible y esto se nota fácilmente en nuestra nueva manera de obrar, donde las acciones muestran lo que llevamos dentro de nosotros, y ahora hablamos menos pero hacemos mas, presentado un notable y favorable cambio en nuestras vidas.
Si nosotros imaginamos una vitrina de exhibición, que se encuentra sucia, llena de polvo, oscura o con muy poca luz, y donde todos los artículos que se promocionan están en total desorden, lo mas seguro es que nadie se detendrá a mirar lo que hay dentro, así contenga joyas; y contrariamente si esa misma vitrina tiene bastante luz, muy buena limpieza, y sus objetos son acomodados con buen orden y fino gusto para que la gente los pueda ver fácilmente, tendrá muchos visitantes que mirarán el contenido y si encuentran que allí hay algo que les interesa o que necesitan, se sentirán motivados a comprar o a regresar, si es que en ese momento no tienen el dinero suficiente.
Lo mismo ocurre con nosotros, en nuestra vida espiritual, si la luz que llevamos dentro, es visible y brillante, y nuestra vida es limpia y ordenada, habrá mucha gente que se sentirá atraída y se interese en acercarse para tratar de descubrir y obtener lo que hace que seamos diferentes. Pero si por el contrario, con nuestro comportamiento desvanecemos esa luz, o impedimos que esta se vea, o el polvo del pecado cubre el contenido, no habrá interés de nadie para acercarse a nosotros, porque no verán nada diferente y por el contrario, sentirán deseos de apartarse rápidamente de nosotros.
Así entendemos que es el Espíritu Santo, quien da claridad y trasparencia a nuestra vida, y que es nuestro deber permanecer pendientes de que la fuente de luz que hay en nosotros no tenga obstáculos para dar brillo y vida, y que demos limpieza permanente a nuestro corazón confesando al instante los pecados que se cometan, y renovando nuestro contenido mediante la oración, y el estudio de la palabra de Dios, acompañada de una constante presencia de Dios en nosotros.
El Señor quiere que esa luz que hay en nosotros llegue a la mayor cantidad de personas para la gloria Suya, y por ello él nos indica que: “Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa” Mateo 5:15, pues esto hará que toque a quienes están cerca y atraiga para ser tocados a los que están lejos.
Para imitar a Jesucristo, encontramos que el secreto está en permanecer en él, mediante la fidelidad a su palabra y sus mandamientos, y mantener un constante celo por conservar limpio nuestro corazón de la basura, polvo y mugre que trae el pecado cuando permitimos que llegue a nosotros.